Manejo de la transferencia y contratransferencia terapeútica. Aida Mañero Ocarranza

El proceso terapéutico se inicia en el mismo instante en que entran en contacto por vez primera paciente y terapeuta; desde ese mismo instante ambos establecen una relación en la que comienzan a co-crear una nueva realidad y un nuevo espacio, en el cual los dos están inmersos y se influyen mutuamente.

 Así pues, ambos cambian y crecen a lo largo del proceso terapéutico, el paciente encontrando nuevas alternativas, perspectivas diferentes y no estancándose en una única visión, y el terapeuta ampliando su campo de visión, su punto de vista y su comprensión del otro.

Desde ese mismo momento en que ambos individuos, esto es paciente y terapeuta, construyen un nuevo espacio, comienzan a aparecer impresiones sobre el otro así como expectativas sobre el cambio y el tratamiento; comienzan entonces a manifestarse los fenómenos denominados de transferencia y contratransferencia terapéutica.

El fenómeno de transferencia fue descrito por Freud por primera vez en 1985 y lo calificó como un fenómeno inconsciente que hace aparición en el proceso terapéutico, el cual  consiste en la traslación a personas del presente y del entorno significativo de emociones y actitudes asociadas a figuras parentales u otras significativas de los primeros años de vida; el paciente proyecta inconscientemente en el terapeuta ciertas vivencias, emociones y sentimientos de su infancia.

En el lado opuesto se encuentra la denominada contratransferencia, durante la cual es el terapeuta el que proyecta sus vivencias y sentimientos en el paciente; se trata del “conjunto de actitudes, sentimientos y pensamientos que experimenta el terapeuta en relación con el paciente” (Florenzano, 1984)

Teniendo en cuenta ambos fenómenos, cada vez es más frecuente considerar de suma importancia en la práctica terapéutica una labor de auto-observación y de auto-reflexión por parte del profesional, especialmente en las primeras sesiones. En estos primeros momentos se hace necesario que el terapeuta se observe a sí mismo en relación con el paciente, cómo se desenvuelven ambos en ese nuevo espacio creado entre los dos; es importante igualmente que el profesional se pregunte qué representa para su paciente (un padre, un hermano…) y, del mismo modo, qué representa su paciente para él.

Como se desprende de las ideas expuestas a lo largo del artículo, todos estos aspectos son relevantes ya que, como se comentó al principio, todo paciente acude a terapia con una expectativa hacia el terapeuta y el tratamiento; en la medida en que esa expectativa se vea cumplida, se convertirá en un factor que facilite y favorezca el curso y el avance de dicho tratamiento. Por el contrario, si esa expectativa no se ve cubierta, aunque sea de forma parcial, es probable que dificulte y se obstaculice el proceso terapéutico en algún momento.

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